Entre septiembre y diciembre, decenas de colegios oficiales del Atlántico compran equipos para sus salones. No lo hace la Secretaría ni la Gobernación: lo hace cada colegio, con los recursos de su Fondo de Servicios Educativos y por la modalidad de mínima cuantía, que es la que le permite a un rector resolver una necesidad concreta sin esperar un programa departamental.
Esas compras quedan publicadas, una por una, en el sistema de contratación pública. Leídas en conjunto dicen algo que no se ve desde adentro de un solo colegio: qué se considera hoy el equipamiento normal de un aula en el departamento.
Qué dice el registro público
Desde 2024, los colegios oficiales del Atlántico han publicado 34 procesos para comprar televisores de aula, por un precio base conjunto cercano a los $461 millones. Los tamaños van de 43 a 70 pulgadas y la mayoría de los procesos se concentra entre septiembre y diciembre, cuando hay que ejecutar el presupuesto del año.
A esos procesos se suman los de video beams, soportes, barras de sonido y computadores, casi siempre en el mismo paquete y con la misma lógica: equipar el salón con lo que se consigue rápido y se compara fácil.
Lo llamativo es lo que no aparece. En ese mismo periodo el departamento no registra ningún contrato descrito como tablero interactivo, y el único que menciona una pantalla interactiva no es de un colegio sino de una universidad. La categoría prácticamente no existe en la compra pública local, y no porque los colegios la hayan evaluado y descartado, sino porque casi nadie se la ha ofrecido en los términos en que ellos compran.
Comprar un televisor no es un error
Vale la pena decirlo con claridad, porque el argumento contrario suele sonar a reproche. Un rector que compra un televisor grande y un video beam está tomando una decisión razonable con la información que tiene.
El televisor entra sin problema en el tope de la mínima cuantía, se cotiza en cualquier parte, se compara por tamaño y precio, llega rápido y no obliga a explicarle nada a nadie. Cumple con lo que se le pide: que el salón vea una imagen grande. El problema no es la decisión; es que la comparación se hace entre dos cosas que se parecen y deja fuera una tercera que casi nunca se pone sobre la mesa.
Lo que no entra en la comparación
Buena parte del costo de un aula no está en la factura de compra. Aparece después, repartido en los años siguientes y en el presupuesto de otra vigencia.
- El video beam se mantiene
- La lámpara se gasta, el filtro se limpia y la proyección pierde brillo. Con la luz de un salón de la costa, la imagen proyectada compite en desventaja con el sol que entra por la ventana.
- El televisor no se escribe
- Muestra, pero no deja anotar encima de lo que muestra. Para una clase, esa diferencia es la que separa mostrar un contenido de trabajar sobre él con el curso.
- Siempre falta un computador
- Ni el televisor ni el proyector funcionan solos. Alguien tiene que llevar un portátil a cada clase, y el día que no está, el equipo del salón queda apagado.
- La garantía se atiende desde otra ciudad
- Cuando el proveedor despacha desde Bogotá, una falla se convierte en un trámite de semanas. El equipo se queda en el salón, apagado, mientras alguien autoriza el traslado.
- Nadie administra el parque
- Con varios equipos de marcas distintas en un mismo colegio, no hay forma de saber cuáles están encendidos, cuáles fallan ni cuándo se actualizaron, salvo yendo salón por salón.
Qué cambia con una pantalla interactiva
Una pantalla interactiva reemplaza a la vez al tablero, al proyector y al televisor del salón. Trae su propio sistema, de modo que enciende y funciona sin computador; se escribe directamente sobre lo que se está mostrando; y se ve con la luz encendida, porque emite imagen en lugar de proyectarla.
El software de clase viene incluido dentro del equipo, sin licencias por docente ni pago anual, que es lo que evita que un colegio compre el equipo un año y no pueda usarlo al siguiente. Y el parque completo se administra desde un solo lugar, lo que convierte el inventario en algo que se consulta en vez de recorrerse.
Las características de cada serie y sus tamaños están publicados en las fichas técnicas, al pie de esta entrada. Ahí es donde conviene mirarlos, porque es la única versión que se mantiene actualizada.
Se compra igual que un televisor
Esta es la parte que suele sorprender: no hace falta una licitación ni un programa especial. Una pantalla interactiva se adquiere por la misma modalidad de mínima cuantía con la que hoy se compra un televisor, con el mismo Fondo de Servicios Educativos y con el mismo trámite.
Lo único que cambia es la ficha técnica del proceso. Si el estudio previo describe un televisor, solo se podrán ofrecer televisores. Si describe una pantalla interactiva para aula, con su garantía, su instalación y su software, el colegio puede comparar ofertas sobre esa base y decidir con criterio.
Qué preguntar antes de publicar el proceso
Cinco preguntas que un colegio puede hacerle a cualquier proveedor, incluido este, y que cambian bastante el resultado del proceso.
- ¿Quién instala y cuándo? Un equipo entregado en caja no es un aula equipada. La instalación, el soporte de pared o el carro móvil y la puesta en marcha deberían estar en la oferta, no cotizarse aparte.
- ¿Quién responde por la garantía y desde dónde? No es lo mismo una garantía atendida desde la ciudad que una que empieza con un traslado a otro departamento. Conviene pedir por escrito el plazo, lo que cubre y la dirección del centro de servicio.
- ¿El software está incluido o se paga cada año? Si hay licencias por docente o renovación anual, ese costo vuelve en la próxima vigencia y rara vez aparece en el estudio previo.
- ¿Funciona sin computador? Si el equipo necesita un portátil para encender, el colegio está comprando la mitad del aula.
- ¿Hay capacitación para los docentes y cuándo se dicta? El equipo apagado en la sala de profesores es el desenlace más caro de todos, y casi siempre empieza en una capacitación que nunca se hizo.
Por qué esto importa ahora
El último trimestre del año es cuando se define el equipamiento de los salones para el curso que empieza en enero. Las fichas técnicas que se escriban en octubre y noviembre determinan qué se podrá ofrecer, y por lo tanto qué habrá en el aula durante los próximos cinco o seis años.
Un colegio que quiera comparar de verdad no necesita cambiar su forma de comprar. Necesita una ficha técnica que le permita poner las dos opciones en la misma mesa.